Durante toda nuestra vida, se nos ha inyectado en nuestras neuronas la idea de que ser egoísta es malo, idea proveniente de nuestra cultura judeocristiana. De hecho, a las personas sumisas se las suele calificar como buenas. “Nunca dice que no, siempre está dispuesta a ayudar… ¡es tan buena!”.
Hemos crecido con la preocupación de no defraudar a nuestros padres, de ser el orgullo de nuestros profesores, de estar siempre disponibles para nuestros amigos, de sacrificarnos por los demás. Pero… Una persona necesita estar bien para poder ayudar a los demás, estar alegre para transmitir alegría, y para eso tiene que preocuparse de sí misma, pensar en ella, cultivarse y dedicarse su tiempo y su espacio, para no dejar en manos de otros su progreso, su evolución y en definitiva su bienestar.
Un ejemplo con el que lo entenderemos perfectamente. Cuando cogemos un avión, la azafata nos indica cómo actuar en caso de emergencia. Una de las instrucciones es: “En caso de despresurización de la cabina, colóquese la máscara de oxígeno y respire normalmente”. “Si viaja con niños o personas mayores póngase PRIMERO su máscara y luego coloque la de sus acompañantes”. Si no podemos respirar, no podemos ayudar a los que nos rodean. Conclusión: Si queremos dar, lo primero que tenemos que hacer es tener.
Hace ya unos años, Rachael y Richard Heller publicaron el libro “Egoísmo sano”, en el que comparten esta idea de que pensar en uno mismo no tiene por qué ser negativo.
Ellos decían: “El egoísmo sano consiste en respetar las propias necesidades y sentimientos, aunque los demás no lo hagan. Sobre todo si los demás no lo hacen”.
La entrega desproporcionada hacia los demás puede venir en algunos casos de una baja autoestima. Para aumentarla, la persona hace lo que sea por ganarse el aprecio de los demás, pero normalmente, al final se siente frustrada: da mucho y recibe poco o nada. Y cuando recibe afecto, lo siente “comprado”, no algo que voluntariamente nos están dando.
Otras veces la causa es mucho más compleja. El sacrificio puede venir de una auténtica irresponsabilidad con nosotros mismos y nuestra vida. Quizá en el fondo tengamos miedo de no ser capaces de conseguir nuestros sueños, nuestras ilusiones y la excusa perfecta es que no tenemos tiempo, los demás nos necesitan. Tememos enfrentarnos a nuestro proyecto vital. Sacrificarnos por los demás puede ser un pretexto inconsciente ideal para ocultar nuestros miedos e incapacidades. Es más fácil decir «no he podido conseguir mi sueño porque he vivido para mi familia» que «no he podido conseguir mi sueño porque no he sabido o no me he esforzado lo suficiente».
Espero haberte convencido de practicar un egoísmo sano, de dejar atrás el miedo y la culpa, de aprender a decir no, de valorar tus necesidades e ilusiones e ir a por ellas y solo desde aquí podremos ser generosos con los demás y darles lo que realmente necesitan.
