El Virus de la Felicidad
La Felicidad está de moda. Empresas como Coca-Cola han fundado un “Instituto de la Felicidad”, las Naciones Unidas han instituido el Día Internacional de la Felicidad, abundan los best-seller que prometen conseguirla tras leer sus páginas, se ha desarrollado una lucrativa industria alrededor de ella, se imparten clases, se celebran congresos, se inauguran universidades y másteres para ser felices y la publicidad la promete en forma de cerveza, de jamón cocido, de bebida, de champú…
No es un concepto nuevo, ya Aristóteles nos decía en su libro Ética a Nicómaco que la Felicidad era el fin último del ser humano, aquello que todos queremos sentir, por eso nos preocupa tanto cómo conseguirla o mantenerla. La diferencia estriba en que actualmente nos creemos en la obligación de ser felices, hemos desarrollado una especie de fobia a la tristeza y a los bajones normales que todos tenemos de vez en cuando.
Hugh Mackay, un escritor australiano, nos dice que esta búsqueda obsesiva le parece una idea muy peligrosa y ha dado lugar a una enfermedad contemporánea en la sociedad occidental, que es el miedo a la tristeza.
Todo el mundo sabe que crecemos a través del dolor, “lo que no nos mata, nos hace crecer”. Por qué entonces cuando experimentamos dolor solemos decir, “¡Ánimo!, ¡Rápido!,¡Enseguida pasa!. Realmente estamos contribuyendo a la plenitud de esa persona o simplemente generando un pensamiento positivo ficticio que nos aleja de la realidad.
Ser muy optimista y pensar siempre positivamente es, sin duda, mucho mejor que ser negativo y buscar el lado malo de las cosas, pero hay algo mejor. Ser realista es reconocer que la gracia de la vida está en sus contrastes, en nuestra capacidad de sentir y experimentar toda la amplia gama de emociones humanas y de las respuestas y conductas que podemos tener frente a ellas.
Sin tristeza, nunca sabremos que es felicidad.
