Nuestro cerebro no está diseñado para ser feliz

Nuestro cerebro, producto de más de 700 cientos de millones de años de evolución, está preparado para la supervivencia y no para la felicidad.

Como cualquier ser vivo de este planeta, el objetivo biológico de la especie humana era sobrevivir: comer, no ser comido o devorado por otro depredador y reproducirse.

La ley suprema del funcionamiento del cerebro es la de mantenernos vivos.

Ahora en pleno siglo XXI, parecemos haber olvidado este hecho y nuestro planteamiento como especie es el ser felices, sentir bienestar y vivir una vida plena.

Basándonos en “teoría del cerebro triuno” de Paul MacLean que elaboró un modelo basado en su desarrollo evolutivo, formado por tres componentes: un cerebro reptiliano, un  Paleomamífero/límbico, y un Neomamífero/neocortical complejo.

El cerebro reptiliano controlaba los procesos de supervivencia como la defensa del territorio, la caza o una conducta sexual básica. El  límbico era el centro de conductas sociales como el cuidado de otros miembros, estatus… impulsos de deseo. Y el neocortical , el que nos diferencia del resto de las especies, es el centro de los pensamientos y de los procesos intelectuales superiores, que nos permite recordar pasado e imaginar futuro.

Pese a que este modelo ha recibido numerosas críticas, se sigue aceptando en términos generales, y el desfase entre un cerebro primitivo reptiliano y un cerebro muy desarrollado como el neomamífero, es la fuente de muchas de nuestras dificultades y problemas. Veamos algún ejemplo.

Si pensamos en nuestros ancestros, el fijarnos más en lo negativo que en lo positivo, era más adaptativo, ya que nos daba más posibilidades de sobrevivir. Si estábamos ante un paisaje precioso, un lago cristalino, un cielo azul, pájaros hermosos y con un ruido extraño, lo más útil desde un punto de vista adaptativo era focalizar toda la atención en ese ruido, ya que posiblemente era un depredador que podía poner en peligro nuestra vida y había que activar el sistema defensivo para luchar por nuestra supervivencia. Luego no es de extrañar que nuestro cerebro haya ido evolucionando en ese sentido.

Pongámonos ahora, en el siglo XXI en ese hermoso paisaje del lago cristalino. Nuestro cerebro neocortical nos proporciona una extraordinaria capacidad para imaginación y la anticipación y aunque el riesgo sea mínimo o remoto, nos podemos encontrar con que nuestra mente  se entretenga imaginando un sinfín de posibles peligros, produciéndonos  una ansiedad  y sufrimiento innecesario e impidiéndonos disfrutar de las sensaciones positivas que ese paisaje produce en nosotros en el presente.

“Mi vida ha estado llena de terribles desgracias, la mayoría de las cuales nunca sucedieron.” 

Michel de Montaigne

En neurociencia se habla de la plasticidad cerebral o neuroplasticidad para referirse a lo moldeable que es la estructura y actividad del cerebro a lo largo de toda nuestra vida, por lo que todo se puede aprender. Así, a través de la gestión de nuestros pensamientos, las emociones y la conducta conseguiremos los cambios cerebrales necesarios para conseguir que las reminiscencias negativas de nuestra evolución no nos impidan disfrutar del presente  y sentirnos bien. Aunque nuestro cerebro no esté diseñado para ser feliz, podamos ir modificándolo para conseguir una vida más plena.

 

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